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Uno de los trastornos del sueño más comunes a lo largo de la vida es la dificultad para quedarnos dormidos: damos vueltas de un lado a otro hasta alcanzar la posición más cómoda, nos tapamos y destapamos, contamos ovejas y hacemos de todo hasta conciliar el sueño, muchas veces sin saber que la temperatura de nuestro cuerpo es la clave. Cuando se trata de los niños, esto suele ser aún más complicado, especialmente en los bebés, ya que normalmente nos preocupamos de que tanto la ropa, los cobertores y colchones para cuna los mantengan abrigados, sin saber que para alcanzar un sueño profundo es necesario bajar un poco la temperatura.

Cuando dormimos, nuestro cuerpo es muy susceptible a los cambios de temperatura, por lo que se nos hace difícil dormir cuando tenemos mucho calor o mucho frío; en invierno podemos usar edredones o pijamas que mantengan nuestras extremidades abrigadas, pero en verano es más difícil controlar el calor, que puede llegar a ser intolerable, especialmente para los niños, para quienes se recomienda que tengan colchones individuales aunque duerman en el mismo cuarto, ya que el calor corporal de cada niño puede hacer sufrir bastante al otro.

El calor puede hacernos imposible descansar

Como mencionamos anteriormente, el frío es más fácil de controlar con mantas y edredones (aunque no contemos con calefacción), pero en temperaturas sobre los 26° C nuestro organismo activa su mecanismo para enfriar el cuerpo: sudar. Además los vasos sanguíneos se dilatan para incrementar la circulación sanguínea, lo que dispersa el flujo de sangre a las extremidades, ocasionando que nuestro cerebro entre en estado de alerta y no permita que alcancemos el estado de sueño profundo.

A esta situación hay que agregarle los molestos mosquitos, que suelen salir de noche y perturbar nuestra tranquilidad con sus zumbidos y las picaduras.

Por otro lado, las temperaturas debajo de los 12° C pueden provocarnos molestias si no contamos con medios para cubrirnos, ya que empezamos a temblar y no podemos dormir profundamente, así que la gran pregunta es:

¿Cuál es la mejor temperatura?

Si bien la respuesta es un poco subjetiva, ya que tenemos diferentes preferencias y sensibilidad al calor y al frío, lo mejor es bajar un poco la temperatura normal de nuestro cuerpo y habitación para quedarnos profundamente dormidos, es decir, entre 15 y 22° C es lo ideal.


Podemos utilizar ropa de cama más fresca, edredones ligeros, ventilar la habitación o destaparnos un poco para bajar nuestra temperatura y la de nuestros hijos, con lo que tendremos un sueño más profundo y reparador.  

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